jueves, 13 de octubre de 2011

El Escarabajo y el hombre (fragmento)

Mire, Profe, no es que yo me las quiera dar de sabido: la verdad es otra, y si yo le digo es por­que sé, ¿o no?, pero a veces las cosas son así, y qué se le hace, usted me conoce: cuarto y quin­to de media mi profesor en la Unidad Escolar y ahora mi amigo, usted ya sabe que estoy en Primero de Letras en la Universidad Villarreal, salud, y ya me ve: un muchacho cualquiera de barrio, a mí no me gusta sobrarme, es feo, Profe, y sino hasta los más patas de uno: que te haces el trome, que a quién vas a arrochar, que fuera fuera, con tu huevada de libros, y le digo, no es por nada, soy tranquilo, pero cuan­do me amargo, ahí sí, por mi madre, me desco­nozco, usted todavía no me ha visto: me deschucho hasta con el más pintadito, eso sí: soy bueno, bueno, para la bronca, y disculpe que le hable con groserías, pero todo lo que le voy a contar no se puede de otra forma, tome pues, le decía que yo vivo en un barrio muy jodido: pobres y ricos amontonados: ¿cómo qui­siera llevarlo para que conozca?, fíjese: al lado de una gran residencia con jardín que parece plaza pública usted puede encontrar una casi­ta o una quinta o un callejón, no es como los barrios pobres de Lima: ahí todos están frega­dos, y qué chucha: se tira para adelante, pero en mi barrio, si uno es pobre, como yo, la tragedia griega en cuatro tomos, todo el santo día tendrá que estar viendo cómo se alimentan, cómo se visten, cómo se jaranean los bacanes con molido, y uno en su callejón comiéndose la mierda, pero, en las noches, en las esqui­nas, en el billar, en las cantinas, todos los mu­chachos, ricos, mediopelo y pobres nos junta­mos para huevear y joder: ¿democracia?, ¿amis­tad?, no: se ve que usted no conoce ese am­biente: nadie tiene bandera, con decirle que en problemas jodidos cada quien jala para su lado, claro que hay sus excepciones, espere nomás que le hable de lo que nos pasó la noche de ese sábado, y saque su cuenta: en la esquina de mi callejón tengo mi collera, ¿collera como colle­ra?, no tanto: conocidos, ¿me entiende?, se me pasó la mano; Caimán; conocidos para el plan puteril y chichero; límpiate la espuma de la mesa; ¿chichero?, chicha pues: plan de trago, de hierba si hay, de cachito, de radiola, de bron­ca por las puras huevas, y a morir a La Rica empiernado con meca, La Rica, La Rica Playa, pues: usted Profe, si que está en la calle: Agua Dulce; oiga: esa cumbia que han puesto en la radiola es bien chichera, a uno le despierta ga­nas de bailar con marcea, pero no sé qué de triste tiene que hace pensar en la gila y uno sufrido que se va en plan de llore, Oswaldo dice que es el ritmo, tal vez, le contaba que la no­che de ese sábado salí de mi callejón como a eso de las nueve: Pisquito en la esquina fuma­ba y fumaba intranquilo como si una pulga mañosa le picara el cuerpo: ¿qué hay, Zambo?; y yo: ahí tranquilo; y él: ¿sale o no sale chicha?; y yo: sábado, compadre: y Pisquito abrazándo­me: ¿cómo te gusta?; y yo dándole suaves gol­pes en el estómago: ¿qué hablas tú?, y él: hay que gozarla; y yo: ¿ya exprimiste a tu punto?; y Pisquito: ¿estás cojudo?, serio, levantando la cabeza y entrecerrando los ojos: no atraco con mostaza, compadre, mecas, y soltando una carcajada: putas.

***

Seguramente, ustedes, alguna vez, se han encontra­do, a mediodía, caminando al borde de una carrete­ra, y habrán sentido el sol, culebra furiosa sobre el asfalto; avispón elástico, saltando sobre autos y ca­miones raudos; moscardón alfiletero, entre la ropa; malagua ardiente dentro de uno mismo, y grillo seco en la lengua; y si el Uno va con el Otro, sa­biendo que cada paso los aleja más del pueblo de partida y que la meta, cada vez, se hace más distan­te, comprenderán que ya no tienen nada que decir­se: y el Uno mirará el cielo duro de calor y las cum­bres humeantes de los cerros, y el Otro contempla­rá piedrecitas como insectos, y entonces, el Uno, pájaro, y el Otro, serpiente, encontrarán fuera de ellos, el germen caliente que interiormente los vi­vifica y al mismo tiempo los destruye; y ustedes sabrán cómo el aroma violeta de la hierba y noctur­no de gasolina nos arrastra por un subterráneo a la infancia y entenderemos que la piedad es una palo­ma que irremediablemente se pudre en nosotros mismos.

***

Caminan al borde la pista. Medio día.
El Uno: Este sol me golpea.
El Otro: A mí me aplasta y me agrada.
—Ya llegaremos.
—Me ahoga.
—Nos esperan.
—Descansemos.
—No hay tiempo.
—¿Para qué?
—Tenemos que llegar antes de la noche.
—Me da igual.
—Si nos detenemos será para siempre.
—Mejor.
—Hay que caminar.
—Al final: llegar o quedarnos aquí es lo mismo.
—Tal vez, pero habremos avanzado.
—Si es dar vueltas y vueltas para quedar en el punto de partida.
—Habrá acción.
—Tengo hambre.
—Seremos útiles.
—Los ojos se me cierran de sueño.
—Eso no importa si se llega.
—Llegar, acción, ser útil: palabras y palabras.
—Sí, palabras que pueden cambiarlo todo.
—Que tus palabras me alimenten, me quiten el sueño y cambien mi vida.
—Es posible.
—No con palabras.
—Hay que creer.
—Ya es tarde.
—Todavía.
—Este calor y el asfalto y los autos que van y vienen me desesperan, pero me hacen vivir, siento que mi sangre como millones de hormi­gas camina por mis venas.
—Cuidado, no lo vas a pisar.
—¿A quién?
—Ahí.
—No veo nada.
—Un escarabajo.
—¿Eso negro que se arrastra?
—Sí, es un escarabajo.
—¿Y esa bolita que empuja?
—Porquería.
—¿Y para qué la empuja?
—Su comida o tal vez ha puesto un huevo en el centro.
—¿A dónde la lleva?
—Si es su comida, más allá debe haber escara­bajos esperándolo.
—Gran banquete.
—Si ha puesto un huevo, la empuja hasta que nazca otro escarabajo.
—¿De la mierda nacen?
—Claro, sin embargo vienen al mundo limpios.
—Mira cómo la sube por la cuesta.
—No la dejará caer.
(El escarabajo empuja la bolita de excremento con sus largas patas posteriores mientras las anteriores se afirman contra el suelo.)

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